Por Qué Estamos Chatos

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Michael Moure, Gerente de Identidad Corporativa, BancoEstado

No son pocos los estudios, análisis y columnas de opinión que desde hace un tiempo vienen llenando espacios para tratar de explicar qué nos pasó como sociedad para que hoy digamos que ‘estamos chatos’. O Chatos de Estar Chatos, como bien describe –y provoca- la última versión de Chilescopio.

Quizá lo primero que tenemos que hacer es preguntarnos qué ocurrió en nuestro país en el transcurso de una década, período en el que pasamos de un exitismo casi irrefrenable –y muchas veces pedante- a un pesimismo rabioso. En otras palabras, cómo podemos entender esta monumental paradoja.

Una explicación plausible -o la base de ella- puede estar en ciertos indicadores que sistemáticamente han venido arrojando los estudios de la OCDE. Mal que mal, siempre nos ha gustado pertenecer, aunque sea como simples observantes, a clubes y organizaciones creadas más allá de nuestras fronteras, ojalá en el corazón del mundo desarrollado.

Es posible que siempre lo hayamos sospechado, aunque los datos son indiscutibles. Somos parte de una sociedad que ostenta un récord preocupante: el país con la peor distribución del ingreso; el de menor satisfacción con la Justicia y bajísima sensación de seguridad; y el que menos gasto público destina al cuidado del medioambiente. Agreguemos que existe una fuerte correlación estadística entre la inequidad y la desconfianza y el panorama se hace aún más evidente.

Pero el origen de la expresión de este malestar no es reciente, tiene al menos 20 años: la oposición a Ralco en el Alto Bío Bío puede considerarse como el hito que empezó a cristalizar este fenómeno. Y hace una década que se ‘coló’ en nuestros propios hogares, cuando fuimos testigos de la ‘revolución pingüina’, la implementación del Transantiago y la ‘colusión de los pollos’, por nombrar algunos referentes. Es posible que estos y otros casos de alta repercusión ayudaran a modelar nuestro actual carácter social: marcada desconfianza interpersonal e institucional; arraigada percepción de desigualdad social; cuestionamientos al empresariado; consolidación de las RRSS como vía de expresión y participación. En otras palabras, una ciudadanía que se siente más empoderada; que cree menos en el rol privado para garantizar calidad de vida; que legitima las movilizaciones sociales; y que es parte activa de la viralización del descontento.

En este escenario, las marcas –y las empresas- han visto afectada su reputación, perdiendo un capital significativo de cara a la gente. Y hasta aquí, son pocas las que han decidido hacerse cargo del problema, enfrentando el principal desafío que el actual contexto país impone: generar confianza y vínculos con todos los grupos de interés, rescatando el sentido profundo de su propósito y de sus valores esenciales: marcas vinculantes, transparentes y auténticas.

Hoy más que antes, estamos obligados no sólo a leer correctamente el entorno, tenemos que saber distinguir entre la temperatura y la sensación térmica, por ejemplo. También a tomar la iniciativa y no esperar a que pase la ola para que ‘en la próxima vuelta’ algo o alguien vuelva a poner todo en su lugar. Sin duda alguna, de nosotros depende, al menos en parte importante.

Si quieres saber más del estudio puedes ver el informe público de Chilescopio 2016 o bien escribir a jgatica@visionhumana.cl

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